El educador debe ser profeta y hacer saber que, quien profana al ser humano, está profanando la propiedad de Dios. En este sentido, me gustaría recordar que:
1. El educador no puede excluir de la vida pública el amor cristiano que tiene rostro humano, pues es «el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana» (Deus caritas est, 15).
2. El educador ha de mostrar el amor de Dios. Sabe que la atención afectiva que prestamos al otro provoca una orientación a buscar su bien gratuitamente.
3. El educador experimenta y transmite que el amor cristiano conduce hacia el amor universal. No nos construimos aislándonos, sino que el amor descrito por Jesucristo, por su dinámica propia, reclama una apertura permanente y creciente que engendra una capacidad mayor de acoger a los otros. Es toda una aventura que nos lleva a la fraternidad universal.
Cardenal Carlos Osoro Sierra


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